Ancelotti y su lección de paciencia futbolística…

Aurélien Tchouaméni y diez más. No es broma. Está más vivo que un café cargado de lunes por la mañana. Antes de saltar a conclusiones, pregúntenle al mister Ancelotti, quien, cual gurú de la paciencia, decidió no mover ni un pelo de su peinado viendo cómo Tchouaméni jugaba en una posición casi «alienígena» para él. Desde el Mónaco aterrizó como mediocentro, pero le tocó ser un Sherlock en defensa. Y aunque las críticas volaban más rápido que un balón de Vinicius, el centrocampista lo aguantó con la dignidad de un emperador romano.

Ancelotti podría haber optado por la táctica fácil del técnico: «cambio de jugador y a otra cosa», pero no. Aquí se aplica la metodología de «esos ochenta millones tienen que valer cada céntimo» y eso implica dar más oportunidades que un DJ en una boda. Tchouaméni siguió en pie, sin quejarse, mientras el Santiago Bernabéu se rascaba la cabeza pensando «¿Por qué sigue ahí?».

Asencio asomaba como una solución, pero Ancelotti prefería hacer alquimia futbolera, transformando responsabilidades como buen maestro de Hogwarts. De repente, llega un presente donde las piezas encajan como un puzzle de cinco piezas, y el francés, feliz como un niño con dulce, empieza a mostrar esa cara de mediocampista jefe que prometió.

El rumor de su transferibilidad resultó ser tan cierto como una tormenta en el desierto. El club confía en él y el vestuario también, donde es tratado no como aquel tipo que juega fuera de posición, sino como un mediocampista que, aunque ahora solo tenga una asistencia en su currículum, promete más movimientos de baile en el centro del campo. Así que, sin vendedores de humo a la vista, Tchouaméni sigue, feliz de blanco y demostrando que hay Tchouaméni para rato en el Madrid. Si este verano pasa algo, que sea en la playa, porque en el Bernabéu se le sigue queriendo.