El conjuro mágico de Carletto en acción…

¡Oh, Vinicius, casi te conviertes en calabaza! El señor Ancelotti, con la autoridad de un director de orquesta, amenazó con sacar la batuta y cambiar al joven samba-boy por otro bailarín. Así lo vio todo el estadio, como si fuera una clase de gimnasia con toques italianos. El equipo técnico lo miró tan serio que el pobre Vinicius casi se persigna. «Pues claro, le dije que a ponerse las pilas o a la banquillo», reveló el mago Carletto en la prensa. Y claro, el prodigioso Vini, tras escuchar la «mágica palabra», activó el turbo y repartió asistencias como un Papá Noel hogareño en plena prórroga.

Ancelotti se frotó las manos como si hubiese encontrado el decimoquinto trébol de cuatro hojas. «Dios mío, qué partido tan movidito, aunque con más errores que un examen de matemáticas un lunes por la mañana. Pero hey, ¡a la final hemos llegado!», exclamó. Lo cierto es que el Bernabéu parecía un circo lleno de payasos talentosos, pero a Carletto le resbalaban las críticas como si fueran globos de agua. En su interior, sabía que el Real Madrid era más impredecible que el clima inglés.

¡Zuácate! ¡Partido número 50 bajo su sombrero! El arlequín Ancelotti mantenía su afirmación de indestructibilidad en casa: «El Bernabéu es como esa caña vieja que nunca se rompe, siempre puede pasar algo». Eso sí, con el tema del arbitraje, no se mojó mucho: «Una roja, roja, roja… pero bueno, no voy a entrar en detalles». Y al hablar de la defensa, dejó escapar un suspiro: «Alaba jugó al ping pong, pero ahí vamos». Los goles encajados fueron muchos, pero las risas y las comparaciones también. ¡Adelante, Real Gaticos! ¡Vamos a por más aventuras!