Un equipo que corre como en el parque de pinos…

En una escena que bien podría haber salido de una película de ciencia ficción retro, Carlo Ancelotti, el sabio caballero del fútbol, se enfrenta al mayor reto de su vida: motivar a un grupo de futbolistas que podrían ser confundidos con un campo de tomates maduros por su impasibilidad. El entrenador aclaró otra vez más que hace falta un milagro del calibre de convertir el agua en Gatorade para que estos jugadores muestren algún compromiso en el campo. Imagina, gritar gol en el Bernabéu es lo único que realmente les hace despertar. ¡Y eso es más difícil que pescar un pulpo en medio del Atlántico un martes por la tarde!

Endrick parece ser el único con un poco de chispa, como un pequeño Pikachu en medio de perezosos Snorlax durmientes, dispuesto a correr y darle a Carletto una razón para sonreír sin que se le escape la capucha. El resto del equipo, con la emoción de un lunes por la mañana, andaba por el campo contra el fictivo royal club de Murcia como si estuvieran haciendo la compra semanal. Pero, ahí siguen, como magos afortunados, alcanzando finales con la facilidad de un odonteólogo sacando caries.

Para añadir más sabor a este cóctel de locuras, Vinicius recibió una arenga del entrenador, y en lugar de quedarse mirando las musarañas, como a veces le gusta, decidió coger las riendas. Mientras tanto, el árbitro, con un ego más grande que un balón de playa inflable, decidía que pasarían al siguiente nivel como si de un videojuego se tratase. Pero, hey, ¿quién necesita disciplina en un equipo cuyo lema parece ser «Copa o no Copa, ahí seguimos, oye»? El viaje hacia el triplete es toda una montaña rusa de emociones, si emocionarse es quedarse tumbado en el sofá, claro.