Butragueño, el Rey de la Pambolmanía…

Era 1995 y Emilio Butragueño decidió que era hora de cambiar el glamour de Europa por el mariachazo de México. Sin querer enfrentarse al Real Madrid —porque seamos honestos, es como retar a tu suegra a una partida de cartas—, se unió al Atlético Celaya. De un día a otro, el Celaya pasó de ser el eterno duranón a convertirse en el centro del universo futbolístico.

Aquí llegaron Butragueño, Míchel y Hugo Sánchez, y la ciudad se convirtió en el plató de una telenovela épica. El Celaya vendió más camisetas que tortillas en un domingo mexicano. Y aunque se bañaron con la ilusión de encabezar el triunfo, terminaron siendo los campeones sin corona. El único que no perdió la fe fue el peluquero local, que trabajó horas extras cortando cerquillos dignos de estrellas.

Al final, el golpe de realidad llegó cuando Hugo decidió que ya era suficiente con los tacos para el estómago y se retiró junto a sus amigos. Pero no se fueron solos: lo hicieron entre lágrimas, aplausos y un público que encendió velas al puro estilo de una vigilia futbolística. La huella que dejaron se puede ver en cada esquina de Celaya, donde la gente aún lleva camisetas de ‘El Buitre’ como si lo hubieran vendido ayer. Ah, el fútbol, ese fenómeno que transforma a peloteros en mitos y pequeñas canchas en magníficos teatros de sueños.