Cuando el caos es la alarma del Madrid…
Imaginaos un Madrid que decide jugar a la estatua, tan quieto que parecía un decorado del Museo del Prado. Este equipo, conocido más por sus goles que por su capacidad de camuflaje, pasó los primeros 60 minutos haciendo turismo en su propio estadio. La gente, que pagó por ver fútbol y no una clase sobre la calma zen, se preguntaba si el césped del Bernabéu era el nuevo centro de meditación del club. La llegada de Endrick fue como añadir picante a un guiso soso, dejando a la afición preguntándose por qué Ancelotti decidió enviar al joven chef de vuelta a la cocina.
Con el reloj marcando el minuto 72, Alaba decidió defender tan efectivamente que los goles en propia portería pasaron a ser parte de su currículum personal. El Bernabéu, que antes estaba dormido como oso en invierno, se convirtió en un zoológico cuando Ancelotti, al grito de “te cambio no, te cambio sí”, transformó a Vinicius de gato perezoso a pantera del Amazonas. Y ahí, en plena jungla de partidos, resurgió Bellingham, corriendo como si hubiera tomado el café que faltó en el descanso.
Al final, cuando todos esperaban que el duelo se decidiera en un concurso de yoga, Rudiger decidió que era hora de apagar las luces del estadio. Últimos minutos de infarto y el Madrid, recordando finalmente que es un equipo de fútbol, salió de su trance para mandar a la Real de vuelta con las manos vacías. Los aficionados hablarán de este partido como la ‘Batalla del Caos’, con una final en La Cartuja lista para quedarse en la historia de las siestas olvidadas.