La semifinal que terminó en plot twist…
Mikel Oyarzabal estaba tan encendido que si le pones una tostada la deja como el sol de agosto. El favorito de todos los niños txuriurdines, como si fuera un superhéroe recién salido de una peli de Marvel, se plantó con su capa futbolística y su varita mágica en el Bernabéu. ¡Flash! 1-3 deslumbrante y la Real Sociedad acariciaba la final, pero como en toda buena película, los villanos del Real Madrid acortaron distancias y finalmente equilibraron el marcador como si estuvieran moviendo piezas de ajedrez en un tablero invisible.
Mientras tanto, el joven alumno Ander Barrenetxea, todavía con cara de no entender cómo aquel balón entró, consiguió que el sueño de eliminar al Madrid se sintiera como subirse a la montaña rusa más alta del parque de atracciones. Pero atentos, queridos lectores, porque Vinicius y Tchouameni tenían otros planes y decidieron que igualar el partido con habilidad de ninjas sería el giro dramático que le hacía falta a la historia.
En un final digno de un partido de Quidditch, nuestra estrella Oyarzabal levantó al equipo como un maestro motivador y, aunque tuvo que ir al banquillo en la prórroga, casi logra salir como el mago de los penaltis. El destino le reservaba una butaca en el banquillo, desde donde vio a Rudiger cerrar este partido de suspense con un implacable 4-4. ¡El Bernabéu parecía sacado de una novela de espías en la que nadie sabe quién se lleva la última risa!